1 de enero de 2018

Los huesos del invierno

Daniel Woodrell, Los huesos del invierno. Alba Editorial, 2013.

Qué malas son las etiquetas. Y qué buenas las obras capaces de superarlas.

Los huesos del invierno lo consigue: está construida con los elementos del canon de la novela negra, pero hilvanados de una forma que rompe con lo habitual y en un contexto que los dota de nuevas significaciones... O, mejor dicho, que recupera y actualiza su esencia básica, la de Hammett, Chandler y McDonald.

El detonante de la historia es la búsqueda de un delincuente desaparecido antes de su juicio. La estructura del relato combina diálogos ágiles -donde no faltan los duelos verbales y las amenazas- y acción -con armas implicadas y más de un golpe-. La protagonista que ejerce como detective es una mujer dura, capaz de hacer caso omiso a las continuas advertencias para abandonar el caso. Planea constantemente la sensación de que existe algo mucho más gordo detrás de lo que vemos; como lectores, pronto comenzamos a sospechar que hay relaciones ocultas entre los personajes, alianzas y enfrentamientos invisibles para quienes no forman parte de esa red. Es imposible estar seguros de quién ayuda de manera desinteresada y quién esconde otros intereses, quién dice la verdad y quién miente.

Y, también como en el relato negro clásico, importa menos la resolución del caso -esta no es una "novela problema", donde el ingenio encaja las piezas del enigma- como el retrato del contexto social donde transcurre. La investigación es la oportunidad para describir las disfunciones de un mundo capaz de generar un crimen así, de las dinámicas que convierten a todo un grupo social en víctimas sin esperanza en un futuro digno, da igual que sean inocentes o culpables, que sufran dolor o lo causen.

Ese es uno de los tres elementos que convierten la novela en algo especial: la capacidad para reflejar con realismo un entorno humano muy distinto a la sociedad ideal en la que nos gusta creer que vivimos (1). El segundo es el inteligente uso del lenguaje, igual de eficaz a la hora de hacernos sentir el frío del invierno en la meseta de Ozark (Missouri), explorar la mente de sus personajes,  generar tensión u ofrecernos momentos de verdadera poesía.

El tercero, por supuesto, es Ree, la protagonista, una joven de dieciséis años que ha abandonado los estudios y aspira a alistarse en el ejército como tabla de salvación. Mientras espera ese oportunidad, protege a una madre enferma y, consciente a su pesar de que libra una batalla perdida de antemano para salvar a sus dos hermanos pequeños de un futuro violento, intenta darles las herramientas para ser autónomos (cocinar, asear a su madre, disparar a las ardillas e, implícitamente, a las personas que se acerquen demasiado a su casa). Asistimos a sus sueños y anhelos, a su lucha interna entre la necesidad de encontrar una vida mejor y la lealtad a la familia, a una sutil historia de amor y deseo. E inevitablemente admiramos su valentía y obstinación, rogamos para que no le pase nada malo -maldita niña testaruda- y deseamos que pueda alcanzar un futuro mejor a aquel para el que parece predestinado todo su entorno.

Los huesos del invierno es pura novela negra. También una de las primeras obras del country noir, como defiende su autor. Pero lo importante es que se trata de una obra literaria digna en sí misma, sin necesidad de más etiquetas.

(1) Una autenticidad que, por cierto, se echa de menos en muchas de las actuales novelas policíacas de consumo. Demasiadas veces parece que los autores más vendidos repiten una fórmula estandarizada: elegir un tema de actualidad y volcar artificialmente en el relato la información que han recopilado.

22 de noviembre de 2017

Las manos de mi madre

Karmele Jaio, Las manos de mi madre. Ed. Ttarttalo, 2008.

¿Cuántas buenas autoras y autores me quedan por descubrir? Karmele Jaio era, hasta hace pocos días, una de ellas...

Las manos de mi madre rebosa de belleza, ideas y significados. Al mismo tiempo, está construida con un lenguaje en apariencia sencillo por la facilidad con que nos guía durante la lectura, por cómo se suceden sin esfuerzo las palabras (¡y qué difícil es conseguir ese efecto!). Primera novela de una poeta, entremezcla hábilmente las sensaciones y los pensamientos con el entorno físico en que se generan; en especial, me ha gustado cómo refuerza la exposición de sentimientos a través de metáforas físicas:

«Y que, como le ocurre a todo el que es consciente de que va a hacer una locura, siento corrientes de agua en mi interior, de un lado al otro, siento olas golpeando contra mi corazón, y me da la impresión de que la espuma que crean me va a salir por la boca en forma de palabras. Y, de repente, todo lo que me rodea adquiere formas redondeada, no hay bordes, no hay esquinas.»

Las mujeres protagonizan la trama -ellas son quienes hablan y toman decisiones- y cada personaje tiene elementos en común con otros: Luisa y Nerea son, en diferentes momentos de sus vidas, madre e hija, cuidadora y objeto de cuidado; Dolores y Maite constituyen el apoyo de Luisa y Nerea; Germán y Carlos representan el primer amor roto de forma dolorosa... Sus relaciones ejemplifican experiencias personales y dinámicas familiares universales y, sobre todo, muestran cómo influye el pasado en nuestras vidas, tanto aquello que recordamos como lo que se desconocía y es descubierto.

«Seis mujeres miran a la cámara y sonríen, inmersas en un universo en blanco y negro. Acerco la fotografía a la mano de mi madre e, igual que los recién nacidos se agarran al dedo que les toca la mano, mi madre toma la fotografía en su mano, como por un acto reflejo, como por inercia. Igual que Maialen tomó mi mano al poco de nacer.»

Nerea, la narradora, una periodista que toma conciencia de cómo el frágil equilibrio de su vida está en peligro, nos desvela por completo sus pensamientos, a veces recurrentes -hay muchos elementos que se repiten a lo largo del texto, como hilo conductor de la evolución de la protagonista-. Y también demuestra que el cambio es inevitable -«La que guarda en su recuerdo ya no existe», nos advierte- pero que podemos liberarnos del miedo y crecer. Para conocer cómo lo consigue, y para emocionarnos junto a ella, basta con sumergirse en este libro. Al finalizar, uno se pregunta qué será de Maialen, la tercera generación de esta familia de la que hemos formado parte, siquiera como testigos, durante ciento cincuenta páginas.

27 de marzo de 2017

Emigrantes: un artículo de Shaun Tan

Cuando preparaba una tertulia sobre Emigrantes, la obra más conocida de Shaun Tan, encontré un largo artículo escrito por el propio autor y disponible de forma parcial en su web.
Por su gran interés -para analizar la obra y el tema principal, como presentación de algunos elementos técnicos del cómic y reflexión sobre los significados de las obras artísticas- me animé a traducir el texto:

«Revisando gran parte de mi trabajo anterior como ilustrador y escritor, me doy cuenta de que me interesa permanentemente el concepto de “pertenencia”, en especial la búsqueda o la pérdida de la misma. No estoy seguro de si esto tiene algo que ver con mi propia vida; parece ser una preocupación subconsciente, más que consciente. Una de las experiencias que, quizá, haya contribuido a ello puede ser la de crecer en Perth, una de las ciudades más aisladas del mundo, entre un vasto desierto y un océano aún más extenso. En concreto, mis padres se instalaron en un suburbio recién creado del norte de la ciudad, desprovisto de cualquier identidad, cultura o historia propias.
Ser medio chino en un lugar en el que esto era bastante inusual podría haber agravado esta sensación, ya que constantemente me preguntaban “¿de dónde eres?”. Mi respuesta, “de aquí”, siempre generaba más preguntas. Por lo menos, era una atención mucho más positiva que el ocasional racismo de bajo nivel que experimenté cuando era niño.
Sin embargo, más allá de cualquier dificultad personal, creo que el “problema” de la pertenencia es una cuestión existencial sobre la que todo el mundo reflexionamos de vez en cuando, sobre todo cuando las cosas van mal o algo desafía nuestra cómoda vida diaria y nuestras expectativas (ese es, además, el momento en que comienza una buena historia). A menudo nos encontramos con nuevas realidades -escuela, trabajo, relación o país- que exigen reinventar nuestro concepto de “pertenencia”.
Esto era lo que más tenía en mente durante el largo periodo en que trabajé en Emigrantes, un libro que trata sobre su experiencia. Teniendo en cuenta mi preocupación por los “extraños en tierras extrañas”, era obvio que abordase ese tema: una historia sobre alguien que salía de su casa para encontrar una nueva vida en un país donde, además de no comprender el idioma, hasta los detalles más básicos y cotidianos resultan confusos. Es un escenario que había imaginado durante varios años antes de que cristalizara en algún tipo de forma narrativa.
El libro no tiene una sola fuente de inspiración, sino que representa la convergencia de varias ideas. Había estado pensado en una etapa un tanto invisible acerca de la historia de los chinos en Australia Occidental, en particular en una zona de South Perth, que ahora es un parque pero que hace un siglo fue un mercado. Hice un poco de investigación sobre quiénes eran esas personas y cómo se relacionaban con la comunidad anglo-australiana, y me motivó especialmente una historia corta, Wong Chu and The Queen’s Letterbox, del escritor australiano T.A.G. Hungerford, que se basa en los recuerdos infantiles del autor sobre un grupo de hombres incomprendidos y segregados, trágicamente separados de sus familias, que habían vuelto a China.
En cuanto a fuentes más cercanas, mi padre llegó en 1960 a Australia desde Malasia para estudiar arquitectura. Así conoció a mi madre, que trabajaba en una tienda de plumas técnicas. Las historias de papá son incompletas y se centran en detalles específicos -la comida desagradable, el tiempo demasiado frío o cálido, malentendidos divertidos, la soledad, etc-. Al investigar varias historias migratorias -comencé por la Australia de posguerra y luego amplié a los periodos de migración masiva hacia los Estados Unidos alrededor de 1900-, fueron los detalles cotidianos los que me parecieron más reveladores de una experiencia humana común y universal, tanto en el pasado lejano como en el más reciente. Tras recoger más anécdotas de amigos nacidos en el extranjero -y de mi pareja, de origen finés-, me di cuenta de los muchos problemas comunes a los que se enfrentan los migrantes, con independencia de su nacionalidad y destino: enfermedad, pobreza, pérdida de estatus social, falta de cualificaciones reconocidas en el país de acogida, separación de la familia.
Al intentar reimaginar tales circunstancias (de las cuales no tengo experiencia directa), el desarrollo de mi idea original sobre un libro de imágenes bastante convencional generó una estructura muy diferente. Parecía que una secuencia visual más larga y fragmentada, sin palabras, captaría mejor una cierta sensación de incertidumbre y descubrimiento que descubrí en mi investigación. También me llamó la atención la idea de tomar prestado el “lenguaje” de los viejos archivos pictóricos y los álbumes de fotos familiares que había estado viendo, que contienen tanto claridad documental como un enigmático silencio sepia. Se me ocurrió que los álbumes de fotos son solo otro tipo de libro de imágenes que todo el mundo hace y lee, una serie de imágenes cronológicas que ilustran la historia de la vida de alguien. Apelan a nuestra memoria y nos invitan a llenar las brechas silenciosas, animándolas con la adición de nuestra propia historia.
En Emigrantes, la ausencia de cualquier descripción escrita pone al lector en los zapatos de una persona inmigrante. No hay ninguna guía sobre cómo interpretar las imágenes, y nosotros mismos debemos buscarles significado. Las palabras captan de forma notable nuestra atención e influyen en cómo interpretamos las imágenes que las acompañan: en su ausencia, una imagen puede tener más espacio conceptual a su alrededor, e invita a una atención más prolongada de un lector que de otra manera podría fijarse solo en el texto más cercano, dejando de lado su imaginación.
(...)
El poder de la narración silenciosa no se muestra únicamente en la eliminación de la distracción de las palabras. También ralentiza al lector para que pueda reparar en cada pequeño detalle y en cada acción.
Por supuesto, esto supuso algún coste, ya que las palabras son vehículos maravillosamente adecuados para las ideas. En su ausencia, incluso describir las acciones más simples, como embalar una maleta, comprar un pasaje, cocinar o pedir trabajo, amenazaban con convertirse, al dibujarlo, en un ejercicio muy complicado, laborioso y potencialmente peligroso. Tuve que encontrar una forma práctica, clara y visualmente económica de guiar este tipo de narración. Inconscientemente, me había encontrado trabajando en una novela gráfica en lugar de en un libro de imágenes. No hay una gran diferencia entre los dos, pero quizá en una novela gráfica hay mucho más énfasis en la continuidad entre elementos múltiples; en realidad está más cerca en muchos aspectos de la realización de películas que de la ilustración de libros.
Nunca he sido un gran lector de cómics (había llegado a la ilustración como un pintor), por lo que parte de mi investigación se reorientó a estudiar diferentes tipos de cómics y novelas gráficas. ¿Qué formas tienen las viñetas? ¿Cuántas debe tener una página? ¿Cuál es la mejor manera de hacer una transición entre escenas? ¿Cómo se controla el ritmo de la narración, sobre todo cuando no hay palabras? Una referencia útil fue Entender el cómic. El arte invisible, de Scott McCloud, que detalla muchos aspectos del "arte secuencial" de una manera que es a la vez teórica y práctica, en especial porque es un libro de texto escrito muy hábilmente como un cómic. También noté que muchos cómics japoneses (manga) usan grandes extensiones de narrativa silenciosa, y explotan un sentido visual del tiempo que es ligeramente diferente del de los cómics occidentales, lo que me pareció muy instructivo. Simultáneamente, había estado trabajando hacía poco como director de animación para un estudio en Londres, adaptando La cosa perdida como un cortometraje (donde gran parte de la narración es silenciosa) y estudiando atentamente las técnicas utilizadas por los artistas y editores de storyboard en esa industria. Todas estas “investigaciones” contribuyeron a desarrollar el estilo y la estructura del libro a través de varias revisiones completas.
El proceso real de producir las imágenes finales llegó a ser más como la realización de películas que como la ilustración convencional. Consciente de la importancia de mantener la congruencia entre viñetas, junto con un interés estilístico por las primeras fotografías, construí físicamente algunos "escenarios" básicos con trozos de madera y cajas de nevera, muebles y objetos domésticos. Estos se convirtieron en modelos sencillos para las estructuras dibujadas en el libro, desde edificios altísimos hasta las mesas de desayuno. Con la iluminación adecuada, y algunos amigos actuando como los personajes trazados en los bocetos, pude grabar composiciones y secuencias de acción que se aproximaban a cada escena. Seleccionando imágenes fijas, jugué con ellas digitalmente, distorsionando, sumando y restando, dibujando sobre la parte superior y probando varias secuencias para ver cómo podían ser “leídas”. Se convirtieron en las referencias de composición para los dibujos finales, que fueron producidos por un método más pasado de moda: el lápiz de grafito. Para cada página de hasta doce imágenes, todo el proceso duró alrededor de una semana... sin incluir los intentos desechados, de los cuales había varios.
Gran parte de la dificultad consistía en combinar imágenes realistas de referencia -personas y objetos- en un mundo completamente imaginario, ya que este siempre fue mi concepto central. Con el fin de entender mejor lo que es viajar a un nuevo país, quería crear un lugar de ficción igualmente desconocido para los lectores de cualquier edad (incluido yo). Este es, por supuesto, el momento en que mi afición por las "tierras extrañas" alzó el vuelo, ya que tenía algunas nociones previas sobre un lugar donde los pájaros son simplemente "como-pájaros " y los árboles "como-árboles", donde la gente se viste extrañamente, los accesorios del apartamento son confusos y las actividades ordinarias en la calle muy peculiares. Esto, que es lo que imagino deben sentir muchos inmigrantes, lo examino a través de la ilustración, donde cada detalle puede ser dibujado a mano.
Dicho esto, los mundos imaginarios nunca deben ser "pura fantasía", y sin un marco concreto de realidad, pueden terminar con la incredulidad suspendida del lector, o simplemente confundirlo demasiado. Siempre estoy interesado en encontrar el equilibrio adecuado entre objetos cotidianos, animales y personas, y sus alternativas mucho más fantasiosas. En el caso de Emigrantes, dibujé mis propios recuerdos de viajes a países extranjeros, esa sensación de tener nociones básicas pero imprecisas de cosas a mi alrededor, una conciencia de entornos saturados de significados ocultos: todo muy extraño pero absolutamente convincente. En mi país sin nombre, criaturas peculiares emergen de ollas y cuencos, luces flotantes vagan inquisitivamente a lo largo de las calles, puertas y armarios ocultan su contenido, y todo lo que hay alrededor son avisos que llaman, invitan o advierten en alfabetos indescifrables. Son elementos equivalentes a algunos momentos que he experimentado como viajero, donde incluso simples actos de comprensión son un reto.
Una de mis principales fuentes de referencia visual fue Nueva York a principios del siglo XX, un gran centro de migración masiva para los europeos. Muchas de mis "imágenes de inspiración" pegadas a las paredes de mi estudio eran fotografías antiguas de la llegada de inmigrantes a Ellis Island, notas visuales que proporcionaron los conceptos subyacentes, el tono y el ambiente de muchas escenas que aparecen en el libro. Otras imágenes que coleccioné, tanto por su carácter ordinario como por la extrañeza que podían generar, representaban escenas callejeras en ciudades europeas, asiáticas y del Medio Oriente: vehículos anticuados, plantas y animales al azar, letreros y carteles en tiendas, interiores de apartamentos, fotos de personas que trabajaban, comían, hablaban y jugaban. Los elementos de mis dibujos evolucionaron gradualmente a partir de estos orígenes bastante simples. Una escultura colosal en medio de un puerto de la ciudad, la primera vista extraña que saluda a los migrantes que llegan, sugiere una hermandad con la Estatua de la Libertad. Una escena de inmigrantes que viajaban en una nube de globos blancos se inspiró en imágenes de emigrantes embarcando en trenes, así como en el desove nocturno de pólipos de coral, dos ideas asociadas a temas comunes subyacentes: la dispersión y la regeneración.
Incluso los fenómenos más imaginarios del libro están destinados a tener algún peso metafórico, aunque no se refieran a cosas específicas, y pueden ser difíciles de explicar plenamente. Una de las imágenes en las que había estado pensando durante años estaba relacionada con una escena de edificios podridos, sobre los cuales "nadaban" una especie de enormes serpientes negras. Me di cuenta de que éstas podían ser interpretadas de varias maneras: literalmente, como una infestación de monstruos, o más en sentido figurado, como una especie de amenaza opresiva. E incluso entonces está abierto al lector individual decidir si su sentido puede ser político, económico, personal o cualquier otra cosa, dependiendo de qué ideas o sentimientos le puede inspirar esa escena.
Raramente me interesan los significados simbólicos, donde una cosa "representa" otra cosa, porque esto disuelve el poder de la ficción para ser reinterpretada. Me siento más atraído por una especie de resonancia o poesía intuitiva que podemos disfrutar al mirar imágenes y "entender" lo que vemos sin necesariamente poder articularlo. Un personaje clave en mi historia es una criatura que se parece a un renacuajo que anda, tan grande como un gato y que tiene la intención de formar una amistad no deseada con el protagonista principal. Tengo mis propias impresiones sobre de qué se trata -de nuevo, tiene algo que ver con el aprendizaje sobre la aceptación y la pertenencia- pero tendría un montón de problemas para tratar de expresar esto plenamente en palabras. Parece tener mucho más sentido como una serie de silenciosos dibujos a lápiz.
A menudo busco en cada imagen cosas que son lo suficientemente extrañas como para invitar a un alto grado de interpretación personal, aunque todavía mantengan un enlace con la realidad. La experiencia de muchos inmigrantes traza un interesante paralelo con la forma creativa y crítica de mirar que intento seguir como artista. Hay un tipo similar de búsqueda de sentido e identidad en un entorno que puede ser alternativamente transparente y opaco, sensible y confuso, pero siempre abierto a la reevaluación. Espero que más allá de su tema inmediato, cualquier narración ilustrada pueda animar a sus lectores a dedicar un momento a mirar más allá de lo "corriente" de sus propias circunstancias, y considerarlo desde una perspectiva ligeramente diferente. Uno de los grandes poderes de la narración es que nos invita a caminar en los zapatos de otras personas por un tiempo pero, quizás más importante aún, también nos invita a contemplar nuestros propios zapatos. Sería bueno pensar en nosotros mismos como posibles extraños en nuestra propia tierra extraña. No es probable que las conclusiones que se extraigan de esto sean fácilmente resumibles, lo que es una razón más para reflexionar más sobre las conexiones entre las personas y los lugares, y lo que podríamos querer decir cuando hablamos de “pertenecer”.»

3 de noviembre de 2016

Bajo el influjo del cometa

Jon Bilbao, Bajo el influjo del cometa. Ed. Salto de Página, 2010.

Este libro de cuentos es la elección de noviembre en la tertulia de la Biblioteca de Noáin, a la que tengo la suerte de acudir ocasionalmente como dinamizador.

Ocho piezas breves que recuerdan a norteamericanos del siglo XX como Carver y lanzan un mensaje común: la distopía somos nosotros, el futuro más negativo es la realidad en que vivimos hoy.

Porque solo hay derrota en los personajes, que experimentan distintas formas de pérdida o la insatisfacción de no saber apreciar lo que tienen ("Los tres detenidos en un presente perpetuo. Un presente para ser recordado y del cual aprender. A menudo lamento no haberlo hecho". De Una victoria parcial). Leemos sobre seres que tienen sentimientos o inclinaciones considerados socialmente incorrectos y egoístas, pero frente a los que han decidido que nada pueden hacer. Casi todos guardan un lado oculto, conscientes de que no deben mostrarlo en público; si se descubre, serían reprobados y les atraparía la vergüenza. En ocasiones, sin embargo, lo único que les une a otro seres es precisamente lo negativo, compartido en secreto.
  
"Podría considerarse que el cometa lo ilumina todo. Que ahora tampoco de noche es posible ocultar lo que no se quiere que se vea (...) En nuestras casas podemos encender luces. Todavía podemos iluminar solo lo que deseamos". De Bajo el influjo del cometa.

El autor convierte sus relatos en una experiencia inquietante. A muchos de sus personajes les niega un nombre, o apenas sabemos nada de ellos mientras actúan en entornos poco definidos, sin personalidad propia, casi vacíos -pueblos de veraneo, casas aisladas de sus vecinos- o con límites difusos -siempre cerca del mar, extensión de agua sin final visible-. Esta voluntaria falta de detalle dispara un mecanismo similar al de los cómics realizados con dibujos poco realistas o icónicos -lo explica Scott McCloud en la obra de referencia Entender el cómic. El arte invisible-: los lectores, al estar obligados a aportar información propia para completar el retrato, se ven impulsados hacia una mayor identificación con lo que tienen ante sus ojos.

También hay elementos destacables en el estilo y estructura de los textos, como varias afirmaciones de significado abierto repartidas a lo largo de los cuentos y que aumentan la sensación de amargura, inseguridad e indefinición; por ejemplo, ¿hace referencia El mejor regalo posible a la sorpresa de cumpleaños para la amante o quizá sugiere cómo el protagonista cede a la fuerza un hijo? O el juego irónico con la referencia a las elipsis temporales en Ha desaparecido un niño, recurso que tres páginas después se utiliza por partida doble.

El resultado de todo ello es que Jon Bilbao construye un libro que nos atrapa y desde el que nos mira como el animal de Soy dueño de este perro: "De nada serviría huir (...) lo sabía todo acerca de él".

23 de septiembre de 2016

Conectando puntos

Lamberto Maffei (Alabanza de la lentitud, 2014) comparte con otros intelectuales italianos una fuerte preocupación por  el cada vez mayor dominio -ya casi una dictadura- de lo digital en el nuevo imaginario de la sociedad.

Como él, Nuccio Ordine (La utilidad de lo inútil, 2013), Roberto Casati (Elogio del papel. Contra el colonialismo digital, 2013) y Pier Vittolio Aureli (Menos es suficiente, 2013) han visto recientemente publicados en España ensayos breves. Los cuatro se caracterizan por una visión amplia de la cultura y el conocimiento; usan una inteligente combinación de saberes técnicos y argumentos humanistas, de arte y de ciencia, para desvelar los peligros a los que estamos abocados si no somos críticos con el discurso que alienta el consumo permanente, ensalza solo lo instrumental y denigra cualquier forma de pensamiento libre.

Esa forma de pensar es, precisamente, la que nos permite disfrutar de las cosas importantes de la vida y nos muestra caminos para analizar el mundo más allá de categorías fijas y opuestas, del blanco y el negro. Por eso, es lógico que Ordine y Maffei se sientan atraídos por el oxímoron: su sentido metafórico nos guía en el descubrimiento de nuevos conceptos y alternativas.

En una parte de su escrito, el neurobiólogo Maffei cita al sociólogo Zygmunt Bauman que, en su libro Vida de consumo (2007), "sostiene que el tiempo no se percibe ya como un continuum, sino como una serie de puntos, cada uno de los cuales tiene una historia limitada, con su nacimiento y su fin, y un escaso coeficiente de correlación con los demás, como si fueran acontecimientos independientes producidos por causalidad". Y añade: "Este concepto modificado del tiempo tiene su correspondencia en la neurosis de vivir el momento, una patología surgida del deseo irremediable de construir la línea, de dar continuidad a los puntos".

¿Cómo no recordar en ese momento el famoso discurso de Steve Jobs en Stanford y, sobre todo, su primera historia sobre "conectar los puntos"? Ese que se ha convertido en fuente de inspiración para todos los emprendedores de postín, que "encuentran lo que aman"... siempre que esté relacionado con el éxito económico y mediado por la innovación tecnológica, claro.

La cadena de asociaciones me recuerda al filósofo David Hume, que debería suponer mejor inspiración que Jobs, el representante más atractivo y paradigmático del consumo digital. En su Tratado de la naturaleza humana (1739), afirmaba que "lo que llamamos mente no es sino un montón o colección de percepciones diferentes unidas entre sí por ciertas relaciones y que se suponen, aunque erróneamente, dotadas de perfecta simplicidad e identidad". Así pues, ¿defiende la visión de la vida como una sucesión de episodios aislados -como tuits o anuncios- y la inexistencia de una identidad personal -somos un vacío que llenará el bombardeo mediático, tragado sin filtro-? Aunque esa ha sido una interpretación habitual, la reflexión nos lleva más allá: Hume es un firme defensor del método experimental pero huye del dogmatismo, acepta que esa forma de conocimiento tiene límites y que puede haber realidades inverificables a través de la experiencia, sobre las que quizá no podamos saber pero que no debemos descartar... ni asumir automáticamente. Nos conmina a ser adultos que, en lugar de estar guiados hacia el consumo, piensan con flexibilidad, sin acatar una respuesta predefinida.

Para conectar el principio con el fin, una nueva cita del libro de Maffei. "La grandeza del hombre reside en su modestia y en reconocer que todo tiene importancia: el sol, el amanecer, el atardecer, las discusiones, los juegos, los poemas, el pensar por pensar, aunque todos estos goces supongan consumir un poco menos".

16 de septiembre de 2016

Cómplices

Es difícil, para quien no vive en el Casco Antiguo de Pamplona, darse cuenta de la degradación progresiva que el barrio está sufriendo, similar a la de otras zonas históricas de ciudades españolas. En ese proceso, muchas partes son cómplices:

La clase política, que permite, facilita y alienta -habrá que preguntarse por qué- la implantación de un modelo económico basado en una sola actividad: determinado tipo de hostelería asociado a una forma específica de entender la diversión y el turismo. En lugar de cumplir con su tarea de proteger a la ciudadanía e intentar revertir la situación, le resulta más sencillo y beneficioso aliarse con quienes causan los problemas, impulsando un tipo especial de gentrificación.

Los dueños del capital, que ven en los bares y en los pisos turísticos una forma rápida de hacer negocio, con la que sustituir opciones de inversión menos rentables en la actualidad. Es significativo el número de locales que tienen como socios a empresarios del sector inmobiliario y/o relacionados con los políticos.

También las personas que se pliegan de buena gana a esa forma de consumir y hacer uso de los espacios públicos, tolerando o incluso haciendo aquello que se negarían a aceptar donde viven diariamente. Qué sencillo y tranquilizador es pensar en el Casco Antiguo no como una zona residencial en la que viven personas iguales a las del resto de la ciudad, sino como un parque temático en el que los edificios son solo fachadas de cartón piedra y los vecinos actores de reparto.

Gracias a todos ellos el barrio deja de serlo para convertirse en un basurero, en un macroespacio para el desahogo y para acumular la porquería que el resto de la ciudad no quiere ver. Externalizar los costes, se llama.

Pero lo que más rabia me causa es el bajo nivel de las justificaciones con las que los implicados intentan esconder su egoísmo. Demasiadas veces han recurrido ya a que con la situación actual se “da vida” a las calles; a ver si se enteran de que la vida surge de diversificar la actividad comercial y económica y de contar con parques, plazas y dotaciones culturales o deportivas repartidas por el espacio público. O se inventan ese nuevo derecho a la diversión -entendida solo como ir de bar en bar, tirar mierda en la calle, gritar hasta reventar y celebrar despedidas de soltero con charangas- que parece estar por encima del respeto a las únicas víctimas de este tinglado, a las que nadie interesa escuchar, que somos las y los vecinos. A fin de cuentas, qué importamos menos de 11.000 personas en comparación con el dinero que se genera en nuestras calles. Ya nos iremos, ahora que tanto estorbamos.

15 de marzo de 2016

Altas presiones

El sistema nos promete que podemos disfrutar de un buen tiempo permanente: seguridad económica y acceso a cualquier cosa que deseemos... consumir; nuevas oportunidades profesionales que ni tan siquiera imaginamos (¡el mundo cambia rápido!, ¡de ti depende subir al tren o morir en las vías!); una carrera laboral llena de éxitos y puestos de responsabilidad en los que aumentará nuestro salario, disfrutaremos de una privilegiada sensación de poder y de la envidia de la mayoría.

Sin embargo, hay condiciones: tenemos que hacer lo que él nos pida, convertirnos en merecedores de sus bendiciones. Consumir hasta consumirnos, gastar mientras nos desgastamos, acumular (títulos, dinero, cosas) al tiempo que nos vaciamos de vida, pelearnos (ahora se le llama competir) como fieras.

Todo para intentar reducir la sensación de provisionalidad y el temor a que el dinero en el banco no sea, alguna vez, suficiente. Pero ese miedo nunca se elimina, nunca llega la tranquilidad completa.

Y así nos convertimos en un elemento más de un modelo de crecimiento insostenible que beneficia exclusivamente a quienes están en la cúspide de la cadena alimentaria.

No siempre el influjo de las altas presiones hace lucir el sol. En nuestra sociedad actual, su calor nos quema y vuelve el aire pesado e irrespirable.

¿Hay elección? No lo sé. A pesar de ello, quiero intentar sacar adelante pequeñas ideas de las que no podré vivir, pero que me darán vida -el camino tiene sentido en sí mismo-.

A lo mejor me equivoco y soy un irresponsable que, en estos tiempos de casino global, apuesta por los peores números. O quizá el cómo importa más que el cuánto.