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Emigrantes: un artículo de Shaun Tan

Cuando preparaba una tertulia sobre Emigrantes, la obra más conocida de Shaun Tan, encontré un largo artículo escrito por el propio autor y disponible de forma parcial en su web.
Por su gran interés -para analizar la obra y el tema principal, como presentación de algunos elementos técnicos del cómic y reflexión sobre los significados de las obras artísticas- me animé a traducir el texto:

«Revisando gran parte de mi trabajo anterior como ilustrador y escritor, me doy cuenta de que me interesa permanentemente el concepto de “pertenencia”, en especial la búsqueda o la pérdida de la misma. No estoy seguro de si esto tiene algo que ver con mi propia vida; parece ser una preocupación subconsciente, más que consciente. Una de las experiencias que, quizá, haya contribuido a ello puede ser la de crecer en Perth, una de las ciudades más aisladas del mundo, entre un vasto desierto y un océano aún más extenso. En concreto, mis padres se instalaron en un suburbio recién creado del norte de la ciudad, desprovisto de cualquier identidad, cultura o historia propias.
Ser medio chino en un lugar en el que esto era bastante inusual podría haber agravado esta sensación, ya que constantemente me preguntaban “¿de dónde eres?”. Mi respuesta, “de aquí”, siempre generaba más preguntas. Por lo menos, era una atención mucho más positiva que el ocasional racismo de bajo nivel que experimenté cuando era niño.
Sin embargo, más allá de cualquier dificultad personal, creo que el “problema” de la pertenencia es una cuestión existencial sobre la que todo el mundo reflexionamos de vez en cuando, sobre todo cuando las cosas van mal o algo desafía nuestra cómoda vida diaria y nuestras expectativas (ese es, además, el momento en que comienza una buena historia). A menudo nos encontramos con nuevas realidades -escuela, trabajo, relación o país- que exigen reinventar nuestro concepto de “pertenencia”.
Esto era lo que más tenía en mente durante el largo periodo en que trabajé en Emigrantes, un libro que trata sobre su experiencia. Teniendo en cuenta mi preocupación por los “extraños en tierras extrañas”, era obvio que abordase ese tema: una historia sobre alguien que salía de su casa para encontrar una nueva vida en un país donde, además de no comprender el idioma, hasta los detalles más básicos y cotidianos resultan confusos. Es un escenario que había imaginado durante varios años antes de que cristalizara en algún tipo de forma narrativa.
El libro no tiene una sola fuente de inspiración, sino que representa la convergencia de varias ideas. Había estado pensado en una etapa un tanto invisible acerca de la historia de los chinos en Australia Occidental, en particular en una zona de South Perth, que ahora es un parque pero que hace un siglo fue un mercado. Hice un poco de investigación sobre quiénes eran esas personas y cómo se relacionaban con la comunidad anglo-australiana, y me motivó especialmente una historia corta, Wong Chu and The Queen’s Letterbox, del escritor australiano T.A.G. Hungerford, que se basa en los recuerdos infantiles del autor sobre un grupo de hombres incomprendidos y segregados, trágicamente separados de sus familias, que habían vuelto a China.
En cuanto a fuentes más cercanas, mi padre llegó en 1960 a Australia desde Malasia para estudiar arquitectura. Así conoció a mi madre, que trabajaba en una tienda de plumas técnicas. Las historias de papá son incompletas y se centran en detalles específicos -la comida desagradable, el tiempo demasiado frío o cálido, malentendidos divertidos, la soledad, etc-. Al investigar varias historias migratorias -comencé por la Australia de posguerra y luego amplié a los periodos de migración masiva hacia los Estados Unidos alrededor de 1900-, fueron los detalles cotidianos los que me parecieron más reveladores de una experiencia humana común y universal, tanto en el pasado lejano como en el más reciente. Tras recoger más anécdotas de amigos nacidos en el extranjero -y de mi pareja, de origen finés-, me di cuenta de los muchos problemas comunes a los que se enfrentan los migrantes, con independencia de su nacionalidad y destino: enfermedad, pobreza, pérdida de estatus social, falta de cualificaciones reconocidas en el país de acogida, separación de la familia.
Al intentar reimaginar tales circunstancias (de las cuales no tengo experiencia directa), el desarrollo de mi idea original sobre un libro de imágenes bastante convencional generó una estructura muy diferente. Parecía que una secuencia visual más larga y fragmentada, sin palabras, captaría mejor una cierta sensación de incertidumbre y descubrimiento que descubrí en mi investigación. También me llamó la atención la idea de tomar prestado el “lenguaje” de los viejos archivos pictóricos y los álbumes de fotos familiares que había estado viendo, que contienen tanto claridad documental como un enigmático silencio sepia. Se me ocurrió que los álbumes de fotos son solo otro tipo de libro de imágenes que todo el mundo hace y lee, una serie de imágenes cronológicas que ilustran la historia de la vida de alguien. Apelan a nuestra memoria y nos invitan a llenar las brechas silenciosas, animándolas con la adición de nuestra propia historia.
En Emigrantes, la ausencia de cualquier descripción escrita pone al lector en los zapatos de una persona inmigrante. No hay ninguna guía sobre cómo interpretar las imágenes, y nosotros mismos debemos buscarles significado. Las palabras captan de forma notable nuestra atención e influyen en cómo interpretamos las imágenes que las acompañan: en su ausencia, una imagen puede tener más espacio conceptual a su alrededor, e invita a una atención más prolongada de un lector que de otra manera podría fijarse solo en el texto más cercano, dejando de lado su imaginación.
(...)
El poder de la narración silenciosa no se muestra únicamente en la eliminación de la distracción de las palabras. También ralentiza al lector para que pueda reparar en cada pequeño detalle y en cada acción.
Por supuesto, esto supuso algún coste, ya que las palabras son vehículos maravillosamente adecuados para las ideas. En su ausencia, incluso describir las acciones más simples, como embalar una maleta, comprar un pasaje, cocinar o pedir trabajo, amenazaban con convertirse, al dibujarlo, en un ejercicio muy complicado, laborioso y potencialmente peligroso. Tuve que encontrar una forma práctica, clara y visualmente económica de guiar este tipo de narración. Inconscientemente, me había encontrado trabajando en una novela gráfica en lugar de en un libro de imágenes. No hay una gran diferencia entre los dos, pero quizá en una novela gráfica hay mucho más énfasis en la continuidad entre elementos múltiples; en realidad está más cerca en muchos aspectos de la realización de películas que de la ilustración de libros.
Nunca he sido un gran lector de cómics (había llegado a la ilustración como un pintor), por lo que parte de mi investigación se reorientó a estudiar diferentes tipos de cómics y novelas gráficas. ¿Qué formas tienen las viñetas? ¿Cuántas debe tener una página? ¿Cuál es la mejor manera de hacer una transición entre escenas? ¿Cómo se controla el ritmo de la narración, sobre todo cuando no hay palabras? Una referencia útil fue Entender el cómic. El arte invisible, de Scott McCloud, que detalla muchos aspectos del "arte secuencial" de una manera que es a la vez teórica y práctica, en especial porque es un libro de texto escrito muy hábilmente como un cómic. También noté que muchos cómics japoneses (manga) usan grandes extensiones de narrativa silenciosa, y explotan un sentido visual del tiempo que es ligeramente diferente del de los cómics occidentales, lo que me pareció muy instructivo. Simultáneamente, había estado trabajando hacía poco como director de animación para un estudio en Londres, adaptando La cosa perdida como un cortometraje (donde gran parte de la narración es silenciosa) y estudiando atentamente las técnicas utilizadas por los artistas y editores de storyboard en esa industria. Todas estas “investigaciones” contribuyeron a desarrollar el estilo y la estructura del libro a través de varias revisiones completas.
El proceso real de producir las imágenes finales llegó a ser más como la realización de películas que como la ilustración convencional. Consciente de la importancia de mantener la congruencia entre viñetas, junto con un interés estilístico por las primeras fotografías, construí físicamente algunos "escenarios" básicos con trozos de madera y cajas de nevera, muebles y objetos domésticos. Estos se convirtieron en modelos sencillos para las estructuras dibujadas en el libro, desde edificios altísimos hasta las mesas de desayuno. Con la iluminación adecuada, y algunos amigos actuando como los personajes trazados en los bocetos, pude grabar composiciones y secuencias de acción que se aproximaban a cada escena. Seleccionando imágenes fijas, jugué con ellas digitalmente, distorsionando, sumando y restando, dibujando sobre la parte superior y probando varias secuencias para ver cómo podían ser “leídas”. Se convirtieron en las referencias de composición para los dibujos finales, que fueron producidos por un método más pasado de moda: el lápiz de grafito. Para cada página de hasta doce imágenes, todo el proceso duró alrededor de una semana... sin incluir los intentos desechados, de los cuales había varios.
Gran parte de la dificultad consistía en combinar imágenes realistas de referencia -personas y objetos- en un mundo completamente imaginario, ya que este siempre fue mi concepto central. Con el fin de entender mejor lo que es viajar a un nuevo país, quería crear un lugar de ficción igualmente desconocido para los lectores de cualquier edad (incluido yo). Este es, por supuesto, el momento en que mi afición por las "tierras extrañas" alzó el vuelo, ya que tenía algunas nociones previas sobre un lugar donde los pájaros son simplemente "como-pájaros " y los árboles "como-árboles", donde la gente se viste extrañamente, los accesorios del apartamento son confusos y las actividades ordinarias en la calle muy peculiares. Esto, que es lo que imagino deben sentir muchos inmigrantes, lo examino a través de la ilustración, donde cada detalle puede ser dibujado a mano.
Dicho esto, los mundos imaginarios nunca deben ser "pura fantasía", y sin un marco concreto de realidad, pueden terminar con la incredulidad suspendida del lector, o simplemente confundirlo demasiado. Siempre estoy interesado en encontrar el equilibrio adecuado entre objetos cotidianos, animales y personas, y sus alternativas mucho más fantasiosas. En el caso de Emigrantes, dibujé mis propios recuerdos de viajes a países extranjeros, esa sensación de tener nociones básicas pero imprecisas de cosas a mi alrededor, una conciencia de entornos saturados de significados ocultos: todo muy extraño pero absolutamente convincente. En mi país sin nombre, criaturas peculiares emergen de ollas y cuencos, luces flotantes vagan inquisitivamente a lo largo de las calles, puertas y armarios ocultan su contenido, y todo lo que hay alrededor son avisos que llaman, invitan o advierten en alfabetos indescifrables. Son elementos equivalentes a algunos momentos que he experimentado como viajero, donde incluso simples actos de comprensión son un reto.
Una de mis principales fuentes de referencia visual fue Nueva York a principios del siglo XX, un gran centro de migración masiva para los europeos. Muchas de mis "imágenes de inspiración" pegadas a las paredes de mi estudio eran fotografías antiguas de la llegada de inmigrantes a Ellis Island, notas visuales que proporcionaron los conceptos subyacentes, el tono y el ambiente de muchas escenas que aparecen en el libro. Otras imágenes que coleccioné, tanto por su carácter ordinario como por la extrañeza que podían generar, representaban escenas callejeras en ciudades europeas, asiáticas y del Medio Oriente: vehículos anticuados, plantas y animales al azar, letreros y carteles en tiendas, interiores de apartamentos, fotos de personas que trabajaban, comían, hablaban y jugaban. Los elementos de mis dibujos evolucionaron gradualmente a partir de estos orígenes bastante simples. Una escultura colosal en medio de un puerto de la ciudad, la primera vista extraña que saluda a los migrantes que llegan, sugiere una hermandad con la Estatua de la Libertad. Una escena de inmigrantes que viajaban en una nube de globos blancos se inspiró en imágenes de emigrantes embarcando en trenes, así como en el desove nocturno de pólipos de coral, dos ideas asociadas a temas comunes subyacentes: la dispersión y la regeneración.
Incluso los fenómenos más imaginarios del libro están destinados a tener algún peso metafórico, aunque no se refieran a cosas específicas, y pueden ser difíciles de explicar plenamente. Una de las imágenes en las que había estado pensando durante años estaba relacionada con una escena de edificios podridos, sobre los cuales "nadaban" una especie de enormes serpientes negras. Me di cuenta de que éstas podían ser interpretadas de varias maneras: literalmente, como una infestación de monstruos, o más en sentido figurado, como una especie de amenaza opresiva. E incluso entonces está abierto al lector individual decidir si su sentido puede ser político, económico, personal o cualquier otra cosa, dependiendo de qué ideas o sentimientos le puede inspirar esa escena.
Raramente me interesan los significados simbólicos, donde una cosa "representa" otra cosa, porque esto disuelve el poder de la ficción para ser reinterpretada. Me siento más atraído por una especie de resonancia o poesía intuitiva que podemos disfrutar al mirar imágenes y "entender" lo que vemos sin necesariamente poder articularlo. Un personaje clave en mi historia es una criatura que se parece a un renacuajo que anda, tan grande como un gato y que tiene la intención de formar una amistad no deseada con el protagonista principal. Tengo mis propias impresiones sobre de qué se trata -de nuevo, tiene algo que ver con el aprendizaje sobre la aceptación y la pertenencia- pero tendría un montón de problemas para tratar de expresar esto plenamente en palabras. Parece tener mucho más sentido como una serie de silenciosos dibujos a lápiz.
A menudo busco en cada imagen cosas que son lo suficientemente extrañas como para invitar a un alto grado de interpretación personal, aunque todavía mantengan un enlace con la realidad. La experiencia de muchos inmigrantes traza un interesante paralelo con la forma creativa y crítica de mirar que intento seguir como artista. Hay un tipo similar de búsqueda de sentido e identidad en un entorno que puede ser alternativamente transparente y opaco, sensible y confuso, pero siempre abierto a la reevaluación. Espero que más allá de su tema inmediato, cualquier narración ilustrada pueda animar a sus lectores a dedicar un momento a mirar más allá de lo "corriente" de sus propias circunstancias, y considerarlo desde una perspectiva ligeramente diferente. Uno de los grandes poderes de la narración es que nos invita a caminar en los zapatos de otras personas por un tiempo pero, quizás más importante aún, también nos invita a contemplar nuestros propios zapatos. Sería bueno pensar en nosotros mismos como posibles extraños en nuestra propia tierra extraña. No es probable que las conclusiones que se extraigan de esto sean fácilmente resumibles, lo que es una razón más para reflexionar más sobre las conexiones entre las personas y los lugares, y lo que podríamos querer decir cuando hablamos de “pertenecer”.»






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